Los biocombustibles se están promocionando como una solución limpia e inmediata para la reducción de las emisiones de carbono del transporte, pero la realidad es mucho menos verde de lo que se percibe. Pese a que son derivados de fuentes orgánicas como la biomasa y residuos orgánicos, su impacto en el medio ambiente no es ni mucho menos inocuo.

¿Qué son los biocombustibles de primera generación?

Los biocombustibles son combustibles creados a partir de materia orgánica, como plantas y residuos agrícolas. Pueden ser beneficiosos para el medio ambiente ya que emiten menos gases de efecto invernadero que los combustibles fósiles. Sin embargo, se trata de una solución provisional y a medio camino, que puede representar un problema para la sostenibilidad del planeta si ralentiza la descarbonización del sector de la movilidad. Además, presentan varios inconvenientes:

  • El principal problema es la deforestación. La producción de biocombustibles a gran escala puede requerir la conversión de grandes extensiones de tierra en cultivos energéticos, lo que puede causar la pérdida de hábitats naturales y la reducción de la biodiversidad. Es lo que sucede con los conocidos como biocombustibles de primera generación, que se producen a partir de cultivos vegetales como la remolacha, cebada o soja, entre otros.

Además, no son tan eficientes como las energías renovables. Según Transport & Environment (T&E), si utilizamos un terreno del tamaño de un campo de fútbol para la producción de biocombustibles de primera generación, podríamos abastecer a 2.4 coches durante un año. En cambio, si dedicamos ese mismo terreno a la energía fotovoltaica, generamos electricidad renovable suficiente para abastecer a 260 vehículos eléctricos durante un año, sin generar emisiones indirectas.

¿Qué son los biocombustibles de segunda generación?

Por otro lado, están los biocombustibles de segunda generación provienen de residuos orgánicos, como aceites usados de cocina, desechos agrícolas y ganaderos o biomasa forestal. Es decir, ponen en práctica los criterios de la economía circular al aprovechar los excedentes de otras industrias y sectores. Sin embargo, aunque estos combustibles generan menos CO2, sí producen igualmente el conocido NOx, una sustancia tóxica que se origina durante los procesos de combustión.

En este contexto, es crucial cumplir con las reglas de jerarquía de residuos establecidas por la Directiva Marco sobre Residuos. Esta directiva establece una serie de acciones preferentes, en orden descendente: reducción, reutilización, reciclaje, compostaje, valorización energética y, finalmente, el depósito en vertederos. De esta forma, el uso energético de los residuos se sitúa en último lugar en la jerarquía de residuos. Por lo tanto, ¿sería viable cubrir siquiera el 1% de la demanda de combustibles fósiles con biocombustibles?

Neutralidad de carbono y biocombustibles: el dilema de las emisiones indirectas

En 2021, el 60% de los biocombustibles en Europa y 44% en España eran de primera generación. Estos biocombustibles generan lo que se conoce como emisiones indirectas de uso de las tierras precisamente por la deforestación que incentivan al necesitar muchas más tierras destinadas a la agricultura. Cuando se toman en cuenta estas emisiones, resulta que los biocombustibles de primera generación pueden emitir hasta tres veces más que el combustible fósil que reemplazan.

En un intento por abordar este desafío creciente, se han establecido criterios de sostenibilidad más rigurosos. Sin embargo, estas nuevas exigencias de reducción de emisiones no se aplican de manera retroactiva. En otras palabras, las instalaciones de producción de biocombustibles ya en funcionamiento quedan exentas, lo que obligará a implementar medidas de absorción para neutralizar su impacto.

Estas medidas, necesarias para cumplir con el objetivo de neutralidad de carbono en 2050, representan un coste adicional no contemplado anteriormente, restándole eficiencia a los biocombustibles como solución de descarbonización y restando recursos e inversiones hacia alternativas más adecuadas.

¿Y qué ocurre con los que son biocombustibles 100% sostenibles?

A pesar de su etiqueta de sostenibles, los biocombustibles presentan una realidad más compleja. Si bien se consideran neutros en emisiones de carbono, su combustión libera otros agentes contaminantes, como los óxidos de nitrógeno (NOx) y las partículas finas.

La Agencia Europea de Medio Ambiente (EEA), en su informe de 2021, señaló que la exposición a estas partículas finas resultó en 253.000 muertes prematuras en la Unión Europea, 14.100 de ellas en España. Por otro lado, el NOx fue responsable de 52.000 fallecimientos prematuros en la UE, siendo 4.600 en territorio español.

Estos datos cobran especial relevancia al analizar el uso de biocombustibles en el transporte por carretera. Este tipo de transporte, que se concentra mayoritariamente en zonas de alta densidad poblacional, tiene un impacto directo en la calidad del aire y, por ende, en la salud de las personas. De esta forma, la apuesta por los biocombustibles debe ir acompañada de una reflexión crítica sobre sus verdaderas implicaciones medioambientales y sanitarias.

Europa en general y España en particular son claros: la lucha contra el cambio climático sólo puede hacerse con energías renovables. Por todo ello, los biocombustibles deben considerarse una solución a corto plazo, destinada a sectores donde la transición hacia las energías renovables es difícil de abordar, como el calor industrial de alta temperatura o la aviación. A largo plazo, la alternativa viable de movilidad que contribuye a todos los objetivos climáticos es el vehículo eléctrico.

La movilidad eléctrica -basada en energías renovables para alimentar sus baterías- es ya la solución real, eficiente, sin emisiones de CO2 ni de otros contaminantes, que descarboniza el transporte por carretera ayudando a alcanzar todos los objetivos climáticos del planeta.